La Guadaña

Gire la llave de contacto y me desperté días después en el Hospital. Por mil tubos y cables estaba atado a la cama. Como un vital cordón umbilical. Todo era blanco alrededor. Al menos así me pareció. Las alarmas acústicas de tan endiablada maquinaria invadían insolentes el vacío de la tecnológica habitación. Unidad de Cuidados Intensivos estaba bordado en cursivo en las clínicas sabanas. Como también en la almohada.

Me explicaron que me había salvado de milagro. La onda expansiva fortuitamente se había desviado, era la única explicación por la que todavía estaba vivo. Que si tenía enemigos, pregunto aquel policía de paisano. Que cosas, quitando algún amante resentido y los celosos colegas, no me sentía tan importante de merecer tan distinguido trato. Una bomba toda para mí. El reten se quedaba en la puerta, nunca se sabe. A mi habitación, acceso total restringido. Hasta que algo se aclare dijeron los solertes funcionarios. La nutrida comitiva me privo de más consideraciones y abandonaron solertes al afortunado. Pasaron así otras horas de insistentes pitidos y continuos cuidados, cuando ya finalmente medio rendido al sueño incipiente, en la noche de luna fui despertado por la enésima visita.

Enseguida me llamó la atención, era un rostro precioso de extrema belleza y enorme atracción. Un cuerpo esplendido meneado con magistral contorneo. Aquello no era una enfermera, era la tentación del diablo que impune se había colado hasta mi institución.

La profunda mirada de sus dos esplendidas pupilas negras y su voz de terciopelo rendían su barroco viso de una belleza iluminada. Cuantos jardines de las Mil y una noche evocaban su intimo perfume. Aguas de miel y limón prohibidas sus sabores se me antojaban. No me dejo tan siquiera reponerme a su inesperada llegada que sus letales artes ya había metido en acto. Su intenso tratamiento provoco en mi la locura. De total éxtasis mental e infinito placer corporal. En huracán de pasiones de tal intensidad que me partió el corazón. Minutos después los facultativos solo pudieron certificar el irreversible colapso cerebral. Estaban certificando el deceso cuando el solerte inspector se presento.

La investigación estaba cerrada; explosión accidental por escape de gas. No había enemigos. El paciente había sido victima de nefasto incidente. No sirve protección al que no tiene amenazas, el concluyó. Lo siento, el Sr. ha apenas fallecido. Ya se sabe, mi querido mortal, que la guadaña no pasa dos veces sin nada cortar. Sentenció el doctor.

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La viejecita

La viejecita tropezó y la bolsa de la compra rondando por el suelo desparramó su contenido aquí y allá. El señor no tardo en ofrecer su ayuda y recogiendo las viandas compuso con rapidez de nuevo la bolsa de la desafortunada señora. La ayudo a subirse en un taxi y espero que estuviera sentada para cerra la puerta. El coche inicio su marcha y el amable señor empezó a sentirse mal. La vista nublada apenas le permitió alcanzar la acera, se desplomó sin poder proferir palabra alguna. Los servicios de emergencia no pudieron hacer nada más que constatar el deceso. Su cuerpo fue trasladado al Instituto Anatómico para la preceptiva autopsia. Había muerto envenenado con una sustancia que no dejaba esperanza. Un veneno de síntesis especialmente preparado por expertas manos. La documentación que contenía la cartera de aquel distinto señor era falsa y su foto distribuida a la principales agencias no aclaro nada sobre la posible identidad de la victima. Tampoco del agresor que nadie pudo decir quien era. Hoy ese cuerpo yace congelado en una muy secreta nevera esperado un mañana de versión oficial duradera.