El Sr. Thorton

El tren, con el chirriar mecánico de la larga frenada, finalmente se detuvo en la Estación. Un seco soplido se libero de los compresores y el convoy se sumo en el silencio.

Al contrario del anden donde había ido a parar, bullicioso donde los haya. Todo pululante de extravagantes figuras que competían sin fin para conseguir elevar sus comerciales gritos en semejante barullo.

Cientos de personas se movían por todas partes en el enorme vestíbulo de la Estación Central. Era fácil intuir, de la expresión que dominaba sus visos. si aquellos iban o venían. Las largas horas de viaje despierto araban profundas marcas en el rostro del más encallecido viajero. Como al tiempo imposible se antoja no distinguir esa luz en los ojos que posee aquel que todavía enfrentarse debe a la dudas del camino.

El señor Thorton bajo primero, seguido de una estola de niños andrajosos y tres gordas sirvientas. Con todo el ceremonial que le fue posible desplegar en tan breve tiempo, hizo entrega de una esmirriada propina al pobre porta maletas, ya sepulto en vida en aquel escuálido anden por montañas y montañas de absurdos equipajes.

Por ejemplo,a cosa servían los parasoles en aquel clima horrible. El sol podía desaparecer del horizonte en Octubre y no dignarse de dejarse ver hasta bien entrado el mes de Marzo. Cinco meses, si, cinco meses de cielo perenemente cubierto, gris como el plomo.

El pobre hombre no podía entender como en el mes de diciembre, todas aquellas elegantes señoras que venían de las lejanas europeas capitales, trajeran consigo aquellos absurdos parasoles.

No solo, pensaba en tanto intentaba coger la propina del enésimo señor sin corazón sin que le escapará ni un bulto. El problema no era el inútil parasol, peor todavía eran sin duda, aquellos absurdos estuches en el que las señoras más a la moda, transportaban sus sombreros.

Se dijo así mismo que si soltaba el biuty case rojo y se echaba para atrás un poquito más el tocador francés, quizás podría coger la moneda con un rápido movimiento.

Eran una especie de maletas redondas, rígidas, desde luego pensadas para proteger de un bombardeo su preciado contenido. Pero sin duda también, diseñadas por los malvados hombres elegantes de capital para aplastar todavía más, con su opulento continente, a los porta maletas del mundo entero.

Intento colocar la gruesa bolsa en el hombro y equilibrar mejor los pesos sobre su gastada espalda, pero no tardo en entender que así no podía coger la esmirriada moneda que el hombretón le ponía a mano desde hace ya algún segundo.

Una eternidad, una eternidad, sin duda. Por que el dinero hay que cogerlo al vuelo, enseguida, en cuanto su brillo destella. Claro que aquellas tres gordas sirvientas lo habían forrado de bultos antes de que ni siquiera el hubiera tenido el tiempo de pactar su precio.

Así estaba, cargado de maletas, sin poderse mover y por tanto impedido de encajar el justo compendio que retribuía escasamente su animal esfuerzo. Al tiempo que su mente no le concedía tregua

Por que demonios tendrán que hacer estas extrañas maletas, pesadas como el yunque, e inaferrables como el fresco pescado.?Quien las habría inventado? Cuando hasta las terneras intuyen que no hay maleta sin rígido asidero que facilite el uso y solo con este, al trashumar el tiempo,  la enoblezca.

Claro que el oficio digno impone no dejar caer algún qué. Que de principios nobles es de lo poco que vive nuestro pobre hombre.

Fue ya tan largo el lapso entre la escasa propina oferta y la hasta ahora incapacidad de agasajar la moneda, que nuestro curtido porta maletas, por el ansia cayo fulminado y con el, aquel montón de pasajeras y ajenas posesiones.

Algunas se abrieron, esparciendo íntimos detalles aquí y allá. Otras facilitadas por las formas, rodaron lejanas. La más pesada, siguiendo a Newton, aplastó sonoramente el desvalido cráneo del pobre ya ausente.

La estola de niños correteaba traviesa alrededor de la escena. Solo improperios vulgares articulaban las criadas. Un filo de tenue liquido rojo descendía por el cóncavo pavimento.

Al pronto, una moderna locomotora, desplegando sus  mil caballos, hizo sentir el estridente silbato en las inmediatas cercanías. El rugido a su veloz entrada en la estación hizo vibrar la metálica bóveda que cubría las vías. Aquel código sonoro, tres cortos y uno largo, silbaba ya en toda su potencia. El ferrocarril, con la locomotora al mando seguida por una infinidad de variados carruajes alcanzaba ya el anden mismo a toda velocidad. Sacudiendo con el rodado hierro todo a su encuentro.

El señor Thorton estaba ocupado intentando levantar la pesada maleta, indiferente al destino de su hasta hace poco servidor. Cuando el sobresalto del convoy que estruendoso entraba, casi le hizo perder el equilibrio. Soltó de nuevo la enorme maleta de cuero y por un momento dedicó su interés verso aquella maravilla de la técnica que fugaz desfilaba ante sus ojos.

Fue en ese tiempo en el que la enorme maleta de cuero, al ser soltada por su momentáneo transportista, cayo de lado sobre un ángulo, se descuadró, y tras apoyarse pesadamente sobre el costado, se abrió sin pudores así, de lado como se había quedado.

El aire, sacudido con velocidad al paso del tren hizo el resto. La enorme maleta de cuero, abierta en mitad del anden y abandonada a su suerte, fue embestida por una fuerte corriente. Que decidida la barrió entera dejado vacías hasta las mismas esquinas.

Una fina lluvia de volantes de 1000 inundo en breve toda la inmensidad de la Estación Central. La gente incrédula, titubeaba sin saber que hacer. La estupefacción no tardo en ser vencida por el más común de los sentidos y en seguida, cientos, miles de pares de manos, bateaban al aire para intentar abarcar cuantos más billetes.

Probablemente si, seguro que si, sin duda el señor Thorton estaba abstraído en sus malvados pensamientos. El caso quiere que desde que avisto aquella primera nube de flamantes billetes de 1000 y el momento en que su escuálida mente reacciono, por así decirlo, transcurrió inexorable el cronómetro, sin impedimento alguno.

La relación entre aquel general alborozo y el contenido de la pesada maleta que estaba intentando agarrar justo cuando aquel flamante tren atravesó veloz la estación lo despertó.

Su vista se poso en la valija por un segundo distraída, que yacía abierta y vacía al paso. Como pudo también observar un nutrido grupo de personas que en circulo contemplaban la maleta. No solo la maleta miraban, parecía como si al mismo tiempo lo estuvieran  mirando a el.

Policía, dejen pasar por favor!  Buenos días caballero, es suya esa maleta?

En tanto las tres criadas y el grupo de niños en venta con ellas, todos con buen fajo al vuelo recuperado e imprevistamente libres del presente esclavo con infinita alegría de allí se esfumaron.

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