Brasil 11 – Adios Brasilia

desde Brasili, Brasil 05.26 am

Me voy, el avión sale a la 7.10 de la mañana hora local, mi etapa en Brasilia se acabó. Viajo hacia Río de Janeiro bastante contento de cambiar de ciudad. Esta en la que he pasado los últimos diez días es bastante curiosa. Una ciudad surrealista. Rabiosamente cara y muy rara, sin pasado. Solo con 51 años de historia, que eso no es nada hablando de pasado. La cosa que me ha llamado más la atención es que toda bastante parecida. En medio a un desierto y llena de funcionarios. Con unas desigualdades notables y un tráfico muy caótico. Tanto ruido a todas horas, poco verde y menos pajaritos. Para nosotros europeos, acostumbrados a lugares que encierran tanto pasado se hace muy extraña. La verdad es que de bonito tiene solo el proyecto original, la Explanada de los Ministerios, el edificio de la Biblioteca Nacional, el Senado, el Palacio del Ministerio de Asuntos Exteriores, la Corte Federal de Justicia y poco más. El resto todo muy parecido y desde luego no prevalece la estética o la intención de hacer la vista al ojo agradable. Siempre había tenido curiosidad por ver una de las pocas ciudades totalmente nuevas que hay en el mundo. Pero el proyecto original esta bastante desvirtuado y muy comprometido por un desarrollo sucesivo anárquico. Lo único que conservan es la prohibición de construir a más de 6 o siete alturas. La presión demográfica, la especulación y las ganas de hacer negocio inmobiliario han hecho mella en partes de la ciudad y a pocos kilómetros de aquí surgen verdaderas aberraciones donde gigantescos rascacielos conviven con enormes extensiones de chavolas. Aguas Claras es el mejor ejemplo de crecimiento descontrolado. En un contraste deprimente que ofende al ojo y la conciencia humana.

En Brasilia no existe un centro histórico en si mismo. Hay poco que ver y a parte el eje central el resto se parece bastante a un enorme San Blas de los años 70. El tráfico agobiante tiene atascadas las calles donde conviven pobres que buscan en la basura, carros viejos tirados por mugrientos y raquíticos caballos y enormes jeep de precios astronómicos. La presencia de numerosos cuerpos de policía diferentes a bordo de impresionantes coches patrulla no tranquilizan en absoluto y el polvo, un calor cercano a los 30 grados en pleno invierno y una humedad del 20% mantienen las mucosas a dura prueba. La gente esta también bastante más agitada de lo que uno podría esperarse del tradicional carácter festivo del Brasileño. Dos notas positivas se pueden resaltar. La comida, no muy económica pero bastante buena y variada y la música que se oye por muchos sitios.

Finalmente he visto Brasilia y aquí no viviría jamás aunque me regalaran una de esas bonitas y blindadas casas de la zona residencial mas chik de la ciudad.

En mi próxima etapa me espera un hotel en la Playa de Copacabana desde el que intentaré manteneros informados de mis sensaciones. Hasta pronto.

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