Bildu y Euskadi (Euzkadi)

desde Brasilia, Brasil 12.07 am.

La verdad es que no se por donde empezar por que estoy tan confundido como me parece la misma situación. Pero quiero reflexionar sobre varias realidades que me pasan por la cabeza respecto al País Vasco. Que dada la situación no se si podemos llamarlo así. Empiezo diciendo que no hablo vasco y por respeto a mi ignorancia quiero evitar usar palabras en una lengua que no conozco.

La primera realidad que siento es el hecho innegable que la confusa situación en que viven los ciudadanos de aquellas tierras desde hace ya demasiados años, no me parece que haya cambiado para nada.

Viví en el País Vasco casi tres años entre los años 1989 y 1991. Era una sociedad que por ciertos motivos entonces admiraba. Me impresionaba su capacidad de luchar. En mi juventud idealista compartía parte de sus aspiraciones. Respetaba su dedicación al trabajo, el gusto por la buena cocina, sus refinadas tendencias de evidente influencia francesa. La neoclásica arquitectura o la elegancia en el vestir. La capacidad de revindicar derechos que entonces me parecían muy legítimos. Los pinchos, las fiestas y la auto organización de su activa juventud. No entendía muy bien aquello de la violencia pero ante la unidad de la sociedad que participaba en la eterna protesta pensaba que todo aquello estaba en cierta manera justificado. Era sencillamente impresionante ver jóvenes y abuelas dando caña sin miedo a la violenta policía del “Estado invasor”. Aquellos fueron años de extrema violencia, las calles estaba literalmente tomadas por la impresionante  y temible Guardia Civil. Recuerdo varios episodios que me impresionaron especialmente. La brutalidad de las arbitrarias e imprevisibles identificaciones policiales en los lugares mas variados. A mi me sacaron del coche en un cruce a punta de fusil y me di cuenta solo cuando ya estaba en el suelo con una bota militar que me aplastaba la espalda. Recuerdo también como si fuera hoy  una abuelita incitando a su tierno nieto de apenas cuatro o cinco años para que diera patadas a la policía. Los disturbios violentisimos e imprevistos que se sucedían en los cascos viejos con organizadas técnicas de guerrilla urbana. Las tabernas llenas de fotos de presos y con el bote encima de la barra para recoger fondos.  La música llena de textos de protesta radical a ritmos de potente ska y reggae. El olor a cannabis libre que invadía casi todos los espacios. Los centros culturales auto gestionados. El movimiento okupa, el coraje de la insumisión. Los dramas de familias partidas por el simple sospecho. La libertaría recuperación de una exótica lengua, el Euskera, prohibida por el Franquísmo. En Euskadi (no se podía decir País Vasco) se respiraba un clima realmente revolucionario. Aquello para un joven idealista de presunta izquierda era el máximo. Desde Vitoria-Gasteiz, ciudad en la que hervía una interesante actividad cultural, con la recuperación de instrumentos vascos como la txalaparta o la activa producción de comics, pintura y tantas otras manifestaciones, me traslade a vivir a una localidad muy burguesa y frecuentada por gente bien y tanto pijo de Vizcaya, Gorlitz, con una playa cercana muy famosa y renombrada, Plentzia.

Mi casa estaba en el centro del pueblo y esa calle era el paso obligado del reten que “protegía” el imposible proyecto nuclear de Lemoniz. El cambio de guardia de ese reten era secreto pero todos conocían con exactitud la fecha. El día previsto desaparecían todas las latas de conservas de los supermercados y el pueblo entero esperaba el paso de las tanquetas y furgonetas Ebro blindadas de la Guardia Civil. El convoy era regularmente recibido con una lluvia de latas de conserva lanzadas desde los puntos más altos de cada casa para incrementar el daño. Tal era la violencia colectiva del ataque que era frecuente observar como saltaban en añicos los cristales blindados de los vehículos. A mi aquello me parecía un acto de coraje contra el “invasor”. Hoy lo pienso y me da vergüenza.

Creo firmemente que la izquierda de este País y los progres burgueses como yo tenemos una gran responsabilidad en la actual situación política del País Vasco. Me explico mejor;

He crecido en una familia de músicos ilustrados de izquierda. Como gran parte de las frecuentaciones familiares cuando era pequeñito. De lo que se mama se cría. Aquellos años, entiendo desde la muerte de Franco hasta bastante después de la victoria socialista del 1982, en este País, todos los que nos decíamos muy de izquierdas y liberales, fuimos cómplices pasivos y no tan pasivos de la perpetuación infinita de la lucha armada en el País Vasco. Voy a ser más claro todavía. Quisiera recordar la alegría con la que una buena parte de los “luchadores” de entonces acogían cada nuevo crimen de la organización terrorista. Eta gozaba de una innegable admiración por parte de la izquierda. El asesinato de Carrero Blanco les había dado una especie de legitimación. Me acuerdo perfectamente que poca gente los llamaba terroristas en los años ochenta. No podemos olvidarnos. Esa aceptación de sus crímenes contra militares indefensos abatidos con un cobarde tiro en la nuca cuando llevaban los nietos al colegio o se disponían a salir de casa por la mañana ha sido el caldo de cultivo de la actual situación. A buena parte de la izquierda de este País y a mucha gente que hoy esta en la política activa aquellos atentados les parecían un valiente y liberador acto de lucha.

Solo el atentado del Hipercor comenzó a cambiar la percepción en la sociedad. He vivido en primera persona la ilusión de los vascos por la creación de su propio cuerpo de policía, la Ertzaintza, como un hito en la consecución de sus objetivos de autonomía. Recuerdo entonces a la izquierda abertazale emocionada y la sensación de que al ser vascos estaban fuera de la mira de la organización terrorista. No olvidare nunca la decepción con que estos mismos señores acogieron las primeras cargas policiales del Cuerpo, todos cubiertos con pasamontañas para no ser reconocidos, contra los violentos impunes que destrozaban las calles y daban fuego a los autobuses públicos de todos los vascos. De ahí a los atentados mortales contra sus miembros el paso fue breve.

Del País Vasco me fui por que después de tres años allí me di cuenta que nunca me dejarían integrarme del todo por madrileño. Como en cualquier otro sitio que he vivido, como paso obligado a la mejor integración, intente aprender su idioma. En dos escuelas rechazaron mi inscripción. En la tercera sencillamente me llamaron “picoleto”.

Mis amigos, aquellos que cuando bajaban a Madrid me trataban de maravilla, me desautorizaban a opinar sobre cualquier aspecto de su situación política por “Español”. El silencio con el que me acogían en ciertos ambiente tras dos años viviendo con ellos. las continuas alusiones de traición a mi novia, vasca doc y el clima de sospecha permanente acabaron por hacerme entender que en cualquier otro sitio del planeta me dejarían integrarme mejor. Mi pareja misma no entendía mis reservas ante tanta incivil violencia. Mis perplejidades delante a la banal dicotomía del ojo por ojo y diente por diente. A ella le explicaba que la convivencia civil en paz pasa por las concesiones y la mediación entre las partes en el respeto de la ley y las  instituciones. Un concepto que entonces sonaba a insulto de un facha que viene de Madrid.

Sin esa “tolerancia” cómplice de la izquierda ilustrada Eta jamas hubiera llegado hasta nuestros días. Eso es algo que he intentado cambiar con mis hijos. Explicando claramente la importancia del Estado, el necesario respeto de sus instituciones y la necesidad de combatir todo tipo de violencia, especialmente en política.

Me fui de Euskadi bastante triste a finales del 1991. Tras poco tiempo en Madrid me traslade a Italia a vivir. País que me acogió con muchas menos reservas, encantados de mi integración en su Sociedad. He vivido en otros lugares en estos años, siempre con el mismo resultado. Una infinita mayor facilidad de integración y de aceptación por parte de sus sociedades. En el único sitio que siempre me han negado el derecho a integrarme plenamente ha sido en el País Vasco. Por el simple motivo que al exprimir mis reservas ante tales métodos, la sospecha del “infiltrado” prevalecía ante la evidencia del “civilizado.

Cuando regresé a vivir en España en Madrid, hace unos cuatro años, coincidía con las elecciones vascas. En un periódico había una foto de los exteriores de un colegio electoral. Me quede impresionado. La imagen ilustraba un edificio escolar protegido por efectivos de la policía autonómica vasca. Ese cuerpo que fue un gran orgullo de los vascos en su día por lo que representaba. Los agentes, fuertemente armados, llevaban todos un pasamontañas para no ser reconocidos por sus vecinos. El máximo del absurdo. Una sede electoral que tiene que ser fuertemente protegida. No solo protegida por vascos, requisito para entrar en el cuerpo, que tienen que ocultar su rostro para no poner en peligro su vida, durante el ejercicio del derecho fundamental de la democracia como es votar. Habían pasado veinte años de mi salida de aquellas tierras y todo lo que aparentemente habían conseguido es ir a votar a sedes electorales que tienen que ser blindadas por gente que se tiene que esconder dentro de su propia sociedad. Que avance más admirable. Parecía la foto de una elecciones en uno de esos países en manos al caos y la violencia extremista como Colombia o Afganistán.

Hoy Bildu y todo lo que sucede alrededor no lo puedo entender. Dicen que los radicales son solo una baja porcentual, eso decían entonces. Es posible que un pueblo entero sea rehén de unos pocos?

Señores, la vida civilizada quiere decir exprimir y difundir las propias ideas sin violencia de ningún tipo. Solo con las armas de la lógica, el respeto y la concordia entre las personas. El resto es no solo absurdo, si no intolerable en una sociedad democrática.

Han pasado más de veinte años y siguen igual. En una situación alucinante de miedos e imposiciones violentas. Los nacionalismos en un mundo que yo entiendo sin fronteras es un concepto viejo. Me siento europeo o incluso ciudadano del mundo. Que significa eso de países microscópicos cerrados en su propia diminuta dimensión.

Si la Sociedad Vasca ha votado Bildu por algo será. El discurso sobre la legitimidad del proceso es algo que tienen que determinar solo las instituciones previstas para ello por la ley. La violencia es ilegal en cualquier expresión de convivencia y especialmente en la actividad política de la Sociedad. Si Bildu es Eta hay que demostrarlo. Si Bildu es democrática tienen que demostrarlo ellos. Para eso esta la Ley. El delito hay que demostrarlo y si este existe es la magistratura que tiene la potestad de actuar, dentro del marco legislativo vigente. El resto son ilaciones peligrosas.

A mi desde luego me tiene harto, unos y otros. Lo que no se puede tolerar es la violencia ni el chantaje y confío plenamente en la desaparición total e inequívoca de Eta, que sobrevive en este País desde el Franquismo. En estos cuarenta y tantos años ha cambiado todo radicalmente menos ellos, es de locos. Espero que metan a todos los terroristas en la cárcel que es el sitio prepuesto en la legalidad para los criminales.

Por otro lado lo que no se puede hacer es impedir cualquier organización política de los vascos sin demostrar su ilegalidad. Los violentos fuera del sistema. Los demócratas que se ganen el apelativo con la fuerza de los hechos.

Hasta ahora no veo ninguna condena explícita, clara y contundente por parte de Bildu. Eta no anuncia nada y los mensajes de la banda, por parte de gente siempre encapuchada, surgen como setas en el panorama político vasco, demasiadas veces con el beneplácito de estos señores de Bildu que dicen condenar la violencia.

Bildu, si respeta las ineludibles reglas del juego, que hagan lo que quieran. Si no las respetan, para eso están las instituciones, primero para demostrarlo con pruebas contundentes y solo luego para intervenir legalmente con todo el peso de la ley.

Desde luego tampoco ayudan nada los partidos que pretenden ya saber la respuesta, saltándose impunemente la necesaria observancia de las prepuestas instituciones y las específicas leyes. Lo del PP y la teoría de la conspiración del 11-M es sencillamente una locura y un ataque frontal e involucionista al legítimo sistema democrático. A mi me parece tan peligroso como intolerable. Comparable a una sublevación en el más puro estilo de golpismo bananero.

Que situación deprimente e infinita. Hasta cuando?

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