Chopin

Caminaba por Venecia en las calles mojadas del persistente chirimiri. Era ya oscuro y las débiles farolas de luz blanquecina donaban más melancolía al paso. Mi jornada había sido intensa, la Directora del Ballet no estaba para bromas, todo le parecía fatal. La lluvia que caía desde hacía varios días le sentaba tan mal como a mi. El cielo cupo conquistado por una única y gigante nube gris no dejaba espacio a vanas esperanzas. Aquel tiempo era el típico de Noviembre y ese otoño no parecía dispuesto a ser distinto a los demás. La Compañía, estoica y sacrificada conocía aquella pesadumbre que colonizaba la coreógrafa cuando el astro Rey se ausentaba insistente.

El precioso Teatro de las Fundamentas Nuevas nos acogía con dulzura entre sus bastidores. Era la sede habitual en la que el Ballet preparaba sus nuevos montajes. Nuestros encierros allí eran una apuesta al futuro, con todo lo que conlleva. Tras meses de creación la idea estaba definida. Los ensayos maratonianos daban la forma. Antes de la comprometida presentación en los mejores festivales. La tensión que recogían las cálidas paredes de rojo ladrillo a vista era sublime. Testigo de un interesante ejercicio de humana expresión colectiva, en el que cada uno dábamos lo mejor de nosotros mismos y en un mágico proceso surgía el nuevo espectáculo. Por eso aquel Teatro era año tras año tan especial para nosotros.

El Campo de Santa Margherita se abría ante mis ojos. Las tríforas de Palacio Carmelo estaban iluminadas. Algún encuentro entre académicos pensé. La Calle Piquio me llevó hacía el Sestriere de Canalejas y tras doblar una esquina los sonidos me acariciaron. Alguien estaba tocando un piano maravillosamente. La fisonomía de las estrechas calles favorecía la propagación de un sonido pleno. Las notas del Nocturno nº 2 en Mi Op 9/2 de Chopin me robaron el respiro. Lo reconocí inmediatamente por que he crecido escuchando a mi madre tocarlo. Una vez y otra hasta que le salía sublime. Ese interprete conocía igual o mejor al maravilloso compositor. La lacerante tristeza que evocan tan escogidas notas me paralizó debajo de aquella ventana. Los silencios dilatados, la modulación, el pedal, el retardar en los bajos. Que cosa más bonita!, una interpretación magistral.

Toda mi infancia se paseo en aquel instante parado en el tiempo navegando entre acordes de melancolía. Pocas veces me he sentido tan feliz y tan solo. Debajo de una triste lluvia en una ciudad fantasmagórica y helada. El lejano recuerdo de la lumbre que calentaba mi infancia, la lejanía de casa, de los míos, el anónimo hotel que me esperaba. Produjeron envalentonados por el cansancio una sensación de deprimente desamparo. Quien sería el interprete? Como sería este? Para mi, mujer la pensaba. Preciosa diosa de las endemoniadas teclas dueña. De dulzura infinita y cuidadas manos. Cabellos lisos, oscuros y largos. Cubriendo parcialmente una recta espalda de erguido cuello coronada. Carácter en abundancia, como para conferir matices deliciosos a una música que para mí representa como pocas la más intensa y soñada de las pasiones. Aquella húmeda y mojada calle que me acogía regalándome un éxtasis imprevisto se me antojaba triste y gozosa al tiempo. Que dicha poder vivir para sentir aquella música. Que dolor estar fuera. Como sería Ella, y su casa? Para quien tocaba. Que envidia aquel par de orejas que Ella en intimidad deleitaba. Como serían? Y su vida de pareja? Yo quien era? Donde estaba mi madre? Tenía que darle las gracias por haberme acariciado de infante con aquellas composiciones insuperables. Que suerte, que fortuna crecer en medio de tan musicales expresiones. No era yo ya parte de aquella música?. Cuando una chimenea encendida te hace sentir que vienes de fuera?. De donde?. Toda la vida saltando de aquí para allá para buscar nuevo público. Que existencia era esa?. Con mil personas aplaudiendo en pie en la platea y dos horas más tarde durmiendo en un nuevo hotel todo solo. Que instrumento de tal sonido vigoroso era aquel?. Un gran cola en un señorial salón acomodado o tal vez un coqueto colín de rincón homenajeado?. Un piano templado por regular estudio, equilibrado tanto el los altos como en los bajos. Dulce hasta el desmayo, como potente en la izquierda mano. No me sorprendería que se tratase de un ejemplar sonado de artesanía maestra inglés, un Pleyel de antes del 1920 o Stenway americano. Tocado con un color, una expresión, un espíritu, una intención y una dramatismo sin igual. Aquellas notas me restituyeron el alma y enamorado perdido de la vida y tan sensible interprete me fui a la cama en aquella anónima habitación de mi no casa en la nada.

A esa noche siguieron otras más. Mis días de pruebas pasaban en la espera de alcanzar el musical crepúsculo. Al terminar la fatiga me dirigía debajo de aquella ventana con la esperanza de disfrutar de nuevo del magistral genio terreno. Pero no obtuve más que el crotar de las gaviotas. Ni un sonido del maravilloso piano vibraba en la callejuela.

Solo los pasos de algún noctámbulo concedían el eco. Aparte el perillo travieso que se acercaba moviendo la cola y de simpática cara despertaba mi afecto. Fue al tercer día de nuestro casual encuentro, cuando el cucho más confiado y reconfortado por mis caricias, alargo al infinito el insistente reclamo de su invisible amo. Un silbido agudo con rítmico pulsar. Esta vez su dueño, consciente de su escaso poder de convocatoria respecto a su fiel amigo, doblo la esquina que lo mantenía anónimo y se acerco a recuperar tan juguetón e indisciplinado animal. Una mujer morena de cabello liso y largo se descubrió la dueña. La cual tras breves palabras de circunstancia ató a su perro y desapareció. La noche del ya cuarto en vano esperar, la morena, dueña del perro saludo ya con ceremonial de vecindad. Al sexto el piano seguía sin sonar, pero el simpático cucho paseaba travieso con suiza puntualidad. Así del saludo de conveniencia se paso a un intercambio más coloquial.

Nuestro nuevo espectáculo estaba listo, la compañía lo tenía asimilado y las primeras fechas de la gira estaban al llegar. En un par de días empezábamos a viajar. El encierro creativo de Venecia estaba a punto de terminar. La séptima y última noche, con la desazón anidada alcance de nuevo aquel umbral del paraíso. De música al momento nada pude escuchar. Solo puntual mi nuevo amigo a cuatro patas me vino a saludar. Con su dueña, morena, de pelo largo, liso y manos cuidadas detrás.

Chopin, ven aquí, deja al señor en paz!


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